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Formato Pagina WEB Interior (nota repercusiones despedida Landru)

Horas después de que la partida de Landrú se hiciera pública, las palabras de homenaje comenzaron a poblar los medios de comunicación. Humoristas, escritores e intelectuales quisieron despedirse de Landrú hablando de su obra, de su persona, de su legado, de su influencia. A continuación recopilamos algunos de esos textos y les decimos gracias a todos y cada uno de ellos.

 

Una crítica social a lada, pero amable (columna publicada en Clarín)

Por Horacio Altuna (historietista)

Cuando alguien fallece se suele hablar bien de la persona, pero realmente lo más llamativo de la personalidad de Landrú era su extrema cordialidad: con todas las letras era un caballero, amabilísimo con todos. Su cercanía, su manera de tratarme eran de igual a igual, sin diferencias en el trato. Cuando lo conocí en Clarín, en 1975 (yo comenzaba con la tira El loco Chávez), ya era una referencia absoluta, un prócer del humor.

Me acuerdo de que de mis dibujos le gustaban las chicas, como a tantos otros… Pero cuando lo decía no se ponía en la posición de un adolescente o de un señor desubicado. Siempre correcto, él me decía que le gustaban las chicas.

Este mismo aspecto está en su humor, con esos rasgos surrealistas. Al mismo tiempo que hacía una crítica social afilada, era claramente amable. Por ejemplo, el señor Cateura -uno de sus personajes más famosos- criticaba a la clase alta, pero utilizaba un trazo tan irónico que te hacía simplemente sonreír. El dibujo nunca era un ataque, aunque hubiera una crítica velada a ciertas costumbres y modismos.

Landrú tiñó toda la década del 60. Eran épocas de cambios de Gobierno. Por ejemplo, no se podía decir “Perón” ni criticar a Onganía. Pero él lo hacía, de algún modo lograba expresarse. No era una crítica feroz, pero conseguía poner en su humor lo que no se podía decir. Cuando hacía a Onganía como la morsa, todo el mundo sabía a quiénse refería. Y sin nombrarlo, Perón era nombrado.

Además de Tía Vicenta, me acuerdo de la revista “4 patas”, una publicación que duró apenas cuatro números por ser demasiado fuerte para esos años. Esos espacios críticos se nutrieron de gente como Landrú.

Su lugar queda vacante. Siempre fue diferente y, desde mi punto de vista, no hay nadie que haya seguido su línea. Además, hoy el humor es distinto. La ingenuidad y la sutileza de Landrú contrastan con el estilo actual, más directo y frontal.

Es difícil saber qué diría sobre la realidad argentina, hoy presentada como una separación entre dos sectores que parecen irreconciliables. Sé que podría hacerlo, que podría representarlo. Lo imagino muy bien, pero no sé si Landrú elegiría hablar de la grieta.

 

Un estilo de niño travieso y una pasión por temas adultos (columna publicada en Clarín)

Por Fernando Sendra (historietista)

No sé de qué año estoy hablando. Puede ser 1958 o 1960. Yo tenía 11 años, más o menos, y me encantaba el humor, pero a Landrú no lo entendía, simplemente porque no entendía a la política. Landrú era para mis tíos y yo quería pertenecer a la mesa de los grandes, ser cómplice de los cómplices, y así fue que en un esfuerzo que seguramente influyó para el resto de mi vida comencé a estudiarlo como quien tiene un propósito.

Pronto empezaron a incorporarse en mí las caricaturas de Frondizi, del almirante Rojas, de Perette, de Alsogaray, de Perón, de Aramburu, y de gente que no conocía pero que aprendí a identificar gracias a él.

Landrú es muy Landrú; nunca supe a quién se asemeja con ese estilo de niño travieso que parece haber dibujado a las apuradas en las paredes, y esa pasión de adulto por temas adultos que contrastan tan bien con su grafismo. Sus señoras bienudas, con anteojos que atrasaban un siglo; sus gatitos, testigos casi siempre mudos de los disparates que nos transcurrían a los argentinos; sus catálogos de gente mersa, que desesperaban a los que eran incluidos y los hacía más mersas todavía; sus chistes de una inmensa sencillez de lectura pero que ocultaban varias capas geológicas de reflexiones y de posibles interpretaciones y ese ingreso intempestivo que tenían junto a la noticia en el diario, lo convirtió en el punto de ingreso imprescindible para muchas de las noticias que tal vez uno no hubiera seguido de no ser por Landrú, que funcionaba como la bisagra posible entre esa realidad cruda y la necesaria mano tendida del humor, para animarse a una lectura más profunda de la noticia. Y Landrú tuvo sus revistas, que fueron éxito en un país donde su nombre era y es una marca.

Hoy tal vez, no lo sé, haya fallecido Juan Carlos Colombres. Landrú sigue ahí, mirándonos, buscándole la vuelta a la realidad para que sea digerible y, como siempre, saludando con su impecable estampa de auténtico dandy, esperando que uno le pregunte: “¿Qué tal, maestro?”, para responder “¡Fantástico!”, porque seguramente le iba fantástico… Pero, sobre todo, porque nos hizo sentir fantástico.

 

El campeonato argentino de reblandecidos (columna publicada en Clarín)

Por Rolando Hanglin (periodista y escritor)

Fui admirador y cholulo absoluto de Tía Vicenta. Cuando fui corriendo a comprar el número uno de la revista, ya era seguidor de Landrú. Lo conocí bastante, además de que trabajamos juntos.

Admiré todos sus personajes, como el señor Porcel, un ícono de su humor absurdo y magnífico. Porcel iba a la boletería del cine a pedir entradas para el teatro, y así iniciaba un despelote, una situación de gran confusión.

Landrú era único en su estilo, realmente no había nada parecido, nadie con esa gracia. Nada parecido a la familia Cateura. Por ejemplo, el padre le pegaba un garrotazo, un puntapié en la encía a su hijo, mientras le decía: “Tenés que estudiar latín para ser un carnicero como tu padre”.

También María Belén y Alejandra, las chicas de Barrio Norte, fueron otro memorable éxito. En una página de Tía Vicenta podía transcurrir un “Campeonato argentino de reblandecidos” (el “rebland club”) o uno “de mersas”. Quizás hubiera cuatrocientos candidatos y el propio Landrú designaba los ganadores (los “mersones”) a dedo.

Luego explicaba el porqué de cada caso. La “mersa” era la muchachada. Lo ordinario. Todos sus personajes rescatan algo de él.

Una vez me reprochó que le copiara la palabra “trácate”. La usaba mi mujer y un grupo de amigos, pero es cierto que él la había impuesto. Su reproche, sin embargo, fue de una dulzura y señorío extraordinarios. Era incapaz de ofender a nadie, incluso lograba caricaturizar sin ofender. Y eso que le puso “la tortuga” a Illia, “la jirafa” a Frondizi y “la morsa” a Onganía. Se divertía con la gente. Nunca lo escuché decir una mala palabra. Su humor era sano, ingenuo y surrealista.

La elegancia de Landrú quizás tuviera que ver con su origen, en una familia “bien” de Tucumán, pero él se divertía tanto con los mersas como con los “bienudos”. Hoy esto no existe. Por un lado, porque esa distinción está en tren de desaparecer: todos hablan igual, se visten igual, usan el mismo jean y las mismas zapatillas. Las clases se copian unas a otras. Pero, además, porque el humor tiende a la grosería, a la obscenidad, a la palabrota.

Landrú era un amante de observar el costumbrismo, las tendencias, las modas. La política mucho no le interesaba, pero creo que si tuviera que representar la Argentina contemporánea dibujaría un mamarracho.

 

Un estilo de la Argentina que pudo haber sido (columna publicada en Clarín)

Por Rosendo Fraga (Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría)

El análisis político rescata cada vez más las experiencias democráticas frustradas de Frondizi e Illia. Fue un período de mayor libertad, tanto política como cultural, respecto a la década precedente dominada por el primer peronismo, la reacción de la Revolución Libertadora y el ciclo de mayor autoritarismo que se inicia a partir del golpe militar de 1966.

Parafraseando al historiador Eric Hobsbawn, podríamos hoy hablar de una década corta entre 1958 y 1966, la cual mostró una Argentina que buscó el reestablecimiento de la democracia con fuertes limitaciones -como la proscripción del peronismo- y tuvo una vida cultural libre y vigorosa. Quizás esos ocho años pueden representar el período de mayor libertad relativa entre el golpe de 1930 y el reestablecimiento de la democracia, en 1983. En este contexto, las caricaturas de Landrú, y su revista Tía Vicenta, adquieren mayor popularidad.

En aquellos años, la discusión política era central y cotidiana y la materia prima de sus dibujos eran sus personajes, a los cuales presentaba con una ironía benevolente y alegre. Los cambios culturales y sociales también estaban presentes, como un telón de fondo sobre el cual se dibujaba la política. Sabía captar con acierto y agudeza lo que sucedía en una clase media ávida de experiencias nuevas y muy abierta a recibirlas. Las caricaturas de

Landrú acompañaron los cambios relevantes en la vida social, riéndose del pasado. Utilizaba formas de la Argentina vieja para revelar la nueva.

La clausura de Tía Vicenta en los comienzos del gobierno de facto de Juan Carlos Onganía fue un hecho político que simbolizó el fin ciclo de esa década corta que, entre 1958 y 1966, intento sin éxito la búsqueda de un cauce democrático y mostró mayor tolerancia, tanto de los tiempos previos como los posteriores. Es que el intento se había frustrado y ello terminó también con uno de sus símbolos más representativos en lo político y cultural.

Landrú dibujó antes y después de la mencionada “década corta”, pero en esos ocho años está el contexto y el sentido de su obra. Juan Carlos Colombres representó acabadamente el significado de una Argentina que pudo ser.

Ese absurdo universal (columna publicada en La Nación)

Ricardo Siri Liniers (historietista)

Cuando era chico y veía los dibujos de Landrú siempre me llamaban la atención. ¿Por qué dibuja así?, me preguntaba. Eran raros, con narices demasiado grandes, patas demasiado cortitas ¡Eran absurdos!. Este señor no sabe dibujar, quizás pensé. Unos años más tarde entendí: Landrú dibujaba gracioso. Y dibujar gracioso es algo que se ve mucho menos que dibujar bien. ¿Por qué dibujaba gracioso? Porque pensaba gracioso. Y el maestro decidió aplicar sus superpoderes a nuestra sociedad, a nuestros políticos, a nuestros famosos. El absurdo se combate con el absurdo, habrá pensado.

A mis tempranos 20 años, y gracias a un amigo emparentado con el maestro, entrevisté a Landrú para una revista universitaria. Repasamos toda su carrera, fue muy generoso con sus recomendaciones, con su tiempo. Recuerdo que me dijo que cuando firmaba “J. C. Colombres” sus chistes, nadie se acordaba de quién era, pero cuando empezó a firmar Landrú, como el asesino francés, eso cambió. Yo por esos tiempos empezaba a hacer mis primeros chistes… “A lo mejor si los firmo «Liniers»”… pensé.

 

Juan Sasturain (testimonio publicado en una nota de La Nación)

(periodista, guionista y escritor)

Landrú fue un creador. Como siempre pasa con la perspectiva, sobre todo con alguien que vivió muchos años como él, queda todo al mismo nivel, es como mirar al cielo: todas las nubes juntas. Y no. Landrú tiene una trayectoria que es muy poderosa, muy nueva y muy audaz en términos conceptuales, desde que aparece en el humor gráfico en los 40 y hasta mediados de los 60. Ese período es muy importante. Ahí está su capacidad de ruptura. Fue quien sistemáticamente introdujo el absurdo y el humor negro en nuestra tradición, ya que no había sido cultivada por las revistas de Dante Quinterno y Divito. Extraordinarias tradiciones, pero distintas. Pero Landrú funda otra cosa. Landrú y Oski, el otro pie, son los grandes innovadores.

 

Maestro de mis maestros (columna publicada en La Nación)

Tute (humorista gráfico)

Landrú ha sido uno de los grandes maestros del humor gráfico nacional y el precursor de la vanguardia del humor político de la década del 50. De su revista Tía Vicentasalieron los maestros de mi generación. Mi padre, Caloi, publicó su primer dibujo ahí en los años sesenta. Landrú fue el último gran humorista de la generación pre-Quino.

Se dice que hacía un humor elegante, pero yo lo asocio más al registro de la coyuntura social. De hecho, el segundo decreto del presidente de facto Juan Carlos Onganía, después del golpe de Estado de 1966, fue ordenar el cierre de la publicación por la caricatura de la morsa. Una revista popular como Tía Vicenta vendía 300 mil ejemplares por semana. Una locura. Buena parte del entretenimiento eran los medios de humor como los que fundó Landrú. Rescato también su habilidad para influir en el habla popular. Como pasó con el personaje Cholula, de Toño Gallo, que impuso ese término para nombrar a las fanáticas que buscan autógrafos, Landrú también modificó el lenguaje callejero. Alcanzó tal popularidad que muchos empezaron a hablar como se hablaba en las tiras de Landrú.