El humor de Landrú como radiografía social

En su nuevo libro, Silvina Marsimian explora los vínculos entre lenguaje, humor y sociedad a través de la obra de Landrú.

Después de años enteros dedicados a documentar, digitalizar y difundir la obra de Landrú, creíamos que ya sabíamos todo lo que había que saber acerca de Tía Vicenta, María Belén y los demás personajes y revistas que todavía hoy nos siguen haciendo reír. Hasta que, a principios de 2021, la profesora en Letras y magíster en Análisis del Discurso, Silvina Marsimian, publicó Landrú y Tía Vicenta: la retórica del medio pelo, un libro donde analiza cómo, a través del lenguaje, Landrú supo expresar algunas de las manías y tensiones que se escondían detrás la sociedad argentina en una etapa de pleno proceso de transformación.

Publicado en formato digital por la Asociación Argentina de Retórica, el libro de Marsimian parte de una premisa fundamental: la lengua jamás es inocente. “Las modas lingüísticas tienen que ver no solamente con usos superficiales, sino también con nuestras inclinaciones, nuestros gustos y nuestra identidad: la lengua es identidad” explica la autora. “Por eso creo que la lingüística social tiene un trabajo muy arduo por hacer en nuestro país, porque es una manera de reconstruirnos y de ver cómo somos a partir de las elecciones léxicas que hacemos”. 

Silvina Marsimian presenta su nuevo libro en formato digital.

Justamente, siguiendo este enfoque, Marsimian eligió concentrarse en algunas de las expresiones utilizadas habitualmente por los personajes de Landrú para tratar de descubrir qué se escondía, por ejemplo, detrás la llamada “Gente Como Uno” (GCU) con la que María Belén y Alejandra, las dos primas de Barrio Norte, habitualmente se identificaban a sí mismas. Para ello, contó con el apoyo de la Fundación Landrú y, en especial, de su documentadora, Josefina Ros Artayeta, quien se encargó de facilitarle las diferentes publicaciones y materiales de consulta —tanto en formato impreso como digital—, que fueron necesarios para su trabajo.  

“La página de Barrio Norte —explica Marsimian— tiene que ver con una radiografía social de la clase media argentina y, sobre todo, con aquello a lo que Arturo Jauretche llamó el medio pelo: ese sector de la clase media conformado por aquellas familias patricias venidas a menos y aquellos hijos de inmigrantes que ascendieron rápidamente”.

En ese sentido, Marsimian destaca cómo Landrú supo interpretar los matices de aquella clase media en configuración para caricaturizarla a través de categorías paródicas que funcionaban como etiquetas de su status: “Al grupo aristocrático que se quedó en Barrio Norte, Landrú lo llamó la GCU (Gente Como Uno). Para este sector, los parientes que no pudieron continuar con el mismo tren de vida eran los VAM (“Venidos A Menos”). Los “llegados a más” (LLAM) eran, en cambio, los inmigrantes industriales o empresarios enriquecidos durante el peronismo, sumamente ostentosos, que desearon mezclarse con las clases altas para alcanzar la distinción tan deseada”.

Pero el ojo crítico de Landrú no se agota únicamente en estas “etiquetas” inventadas para reírse de los diferentes grupos que todos los días se preocupaban por marcar su estilo de vida. Al contrario: para Marsimian, Landrú también tenía un oído atento que le permitió captar las “voces de la calle” para luego expresarlas a través de textos que, justamente, reflejaban los modos de hablar, los gestos, los gustos o las tendencias que cada grupo prefería. De esa manera, “Colombres organizó una tipología rápidamente festejada por los lectores, que se sintieron identificados o que lograban determinar quiénes eran los ‘otros’ distintos de ellos”.

Así, por ejemplo, Marsimian dedica una sección de su libro a comparar los diálogos que mantienen María Belén y Alejandra (representantes por excelencia de la Gente Como Uno del Barrio Norte) con aquellos que Mirna Delma (su prima mersa) mantiene con su padre y su madre. A través de este proceso, la autora identifica cuáles son los recursos lingüísticos que Landrú utilizó para caricaturizar la manera de hablar de cada grupo y, de esa manera, hacernos reír a partir de una diferencia social que empezaba a marcarse cada vez más y que se expresaba como grieta verbal.

“Landrú tiene el objetivo de entretener —sostiene Marsimian—, pero las ironías o caricaturas que hace sobre los personajes de la realidad conllevan una crítica que tiene que ver con esa discriminación entre los que son mersas y los que no. La sectorización social radica en sus maneras de hablar. Ahí hay una reflexión política”.

Es que, para Landrú, el humor debía ser necesariamente crítico. “Yo no hago chistes ni a favor ni en contra; hago chistes sobre” explicaba en Landrú por Landrú!, la autobiografía que escribió el humorista junto a Edgardo Russo. En ese sentido, Marsimian destaca cómo Landrú supo convocarnos a la reflexión y a la crítica sin ubicarse a él mismo en ninguna posición particular y sin cargar las tintas. “Por eso no ofende ni genera del otro lado ningún tipo de aprehensión o rechazo” sostiene la autora. “Ahí me parece que hay algo muy inteligente que ha hecho Landrú. Por eso es tan gratamente recordado. Uno dice ‘Landrú’ y sonríe al hacerlo”.