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Las lunáticas lecciones del señor Cateura

Por Landrú • Ilustraciones: Landrú

5 de agosto de 2022

Carnicero de oficio, el señor Cateura aspira a toda costa el ascenso económico y quiere aparentar un elevado nivel cultural. De barba poblada, pero sin pelos en la lengua, es un indecente padre, que pretende “educar” a su hijo Felipito combinando feroces tratos e insultos. Lo que más le importa al señor Cateura es que Felipito aprenda latín a la perfección para que, cuando sea mayor, sea un buen carnicero como él.

Humor absurdo. Personajes de Landrú. Las lunáticas lecciones pedagógicas que el señor Cateura le impone a su hijo Felipito para que progrese en la vida.

Felipito, el hijo del señor Cateura estaba observando desde la azotea de la casa el paso del satélite artificial. El señor Cateura, en cuanto llegó, buscó a su hijo por toda la casa, y cuando lo encontró le pegó un furibundo puntapié en la nuca.

—¡Monstruo! ¡Canalla! ¡Miserable! —gritó el hombre, echando espuma por la boca, mientras retorcía el cuello de Felipito—. ¿Conque espiando las piernas de las vecinas?

—No, papá —se apresuró a decir el niño—. No espiaba a las vecinas. Estaba esperando que pasara el satélite artificial.

—¡Excusas! ¡Puras excusas para no estudiar! —chilló el señor Cateura, al mismo tiempo que mordía con furia una oreja de Felipito—. ¿Te crees que mirando al cielo como un papamoscas vas a disolver la Convencional? ¿Te crees que mirando el satélite vas a conseguir que caiga el decadente gobierno vasco? ¿Te crees que mirando las piernas de la vecina vas a conseguir una huelga general? ¡No, demonio! Porque una huelga general sólo la conseguirás estudiando latín, porque el latín, bruto, te enseñará a ser un buen depuestista y te enseñará a ser el mejor carnicero del barrio, como soy yo.

—Pero ya estudié latín, papá —se animó a opinar Felipito—. Ahora estaba esperando que pasara el satélite.

—¡Qué satélite ni satélite, bestia! —rugió el señor Cateura, mientras arrastraba al niño de los pelos por toda la azotea—. Lo que tú hacías era espiar a las señoritas de enfrente. ¿Te parece bien, imbécil, que mientras tu pobre padre gasta montones de dinero en libros de latín, tú te pasas espiando a las vecinas? ¿Te parece bien, depravado, que mientras yo me sacrifico trabajando todo el día en la carnicería, tú te pasas mirando las piernas de todas las señoritas del barrio? ¡No, canalla! ¡Pundonor y decencia! ¡Rectitud y moral! ¡Austeridad y continencia! Eso es lo que necesitas, monstruo repugnante.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Jezabel, la señora de Cateura, que entraba en ese momento.

—Que al degenerado de tu hijo le da por espiar a las señoritas de enfrente, en vez de estudiar latín —explicó Cateura, al mismo tiempo que daba a Felipito un feroz rodillazo en la campanilla.

—¡Castígalo por bruto! —gritó Jezabel— ¡Así aprenderá que con lo único que podrá ser un buen carnicero, es con el estudio del latín!

Y el señor Cateura, luego de golpear otra vez a su hijo, se encerró en su dormitorio y se puso a leer ávidamente el libro «La Hembra».