Hay noticias que parecen nuevas pero no lo son. El conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos que domina los titulares de hoy tiene décadas de historia acumulada. Para entenderlo no hace falta ser experto en geopolítica. Alcanza con saber qué pasó antes y después de 1979. Y para verlo con claridad, no hay mejor guía que Landrú.
El mundo que salió de la guerra
Terminada la Segunda Guerra Mundial en 1945, el mundo quedó dividido entre dos grandes potencias: Estados Unidos y la Unión Soviética. Cada una buscó extender su influencia en distintas regiones. Medio Oriente, con sus enormes reservas de petróleo, se convirtió en uno de los tableros más codiciados de esa disputa.
En ese contexto, en 1948, nació el Estado de Israel. Su creación fue recibida con apoyo por Occidente y con rechazo por los países árabes vecinos. El conflicto árabe-israelí quedó abierto desde entonces.
Pero había otro actor clave en la región que merece atención especial: Irán. Porque su historia es, en buena medida, la clave para entender lo que pasa hoy.
Antes de 1979: el aliado inesperado
Durante las décadas del 50, 60 y 70, Irán era gobernado por el Sha Reza Pahlaví. Un monarca que mantenía relaciones fluidas — y estratégicas — tanto con Estados Unidos como con Israel. El petróleo iraní abastecía a Occidente. Las inversiones fluían. Israel encontraba en Irán un socio útil frente a los regímenes árabes que lo rodeaban. La alianza era conveniente para todos.
Pero la conveniencia mutua tenía un costado frágil. El petróleo, que lo lubricaba todo, también lo condicionaba todo.
En plena crisis del petróleo de 1973 — cuando los países árabes cortaron el suministro a Occidente como represalia por su apoyo a Israel en la Guerra de Yom Kippur — un funcionario occidental le informa tranquilamente a otro: “Lo siento, pero no hay nafta.” Una sola viñeta para retratar la fragilidad de un sistema que dependía del crudo ajeno.
Un hombre rodeado de petrodólares se queja: “¡Qué porquería! Estos petrodólares me ensucian todos los bolsillos.” Enero de 1979. Tres semanas después, el Sha abandonaba Irán para siempre.
Landrú había retratado al propio Sha unos meses antes, en septiembre de 1978, cuando la revolución ya estaba en marcha pero todavía nadie sabía bien hacia dónde iba.
Dos personajes conversan frente a un Irán en ebullición. Uno le pregunta al otro: “¿Qué hace el emperador?” La respuesta: “Reza.” Un juego de palabras perfecto — el nombre del Sha y el verbo rezar — para retratar a un líder que ya solo podía esperar que las cosas se calmaran. No se calmaron.
El quiebre: 1979
El 16 de enero de 1979, el Sha Reza Pahlaví salió de Irán sin fecha de regreso. El 1° de febrero, el Ayatolá Ruhollah Jomeini (también escrito Komeini o Khomeini en distintas transliteraciones) aterrizaba en Teherán después de quince años de exilio. La Revolución Islámica había triunfado.
Lo que siguió cambió el mapa de Medio Oriente para siempre.
Irán dejó de ser aliado de Occidente y de Israel para adoptar una posición abiertamente crítica hacia ambos. No era solo un cambio de gobierno — era un cambio de orientación política completa. Estados Unidos pasó a ser señalado como una potencia intervencionista. Israel, una presencia ilegítima en la región.
Jomeini, teléfono en mano, llama al Sha: “¡Hola! ¿Está Reza Pahlevi?… Reza… ¡Reza!… Con ‘r’ de república.” El mismo juego de palabras de la viñeta del Sha, ahora invertido. Antes rezaba el Sha. Ahora reza la república. En dos dibujos, Landrú había contado el antes y el después del 79 mejor que cualquier crónica periodística.
Pero marzo de 1979 trajo también una noticia inesperada: la firma del tratado de paz entre Israel y Egipto, negociado por el presidente estadounidense Jimmy Carter con el primer ministro israelí Menahem Begin y el presidente egipcio Anwar Sadat. Era el primer acuerdo de paz entre Israel y un país árabe — un hecho histórico que, sin embargo, el resto de la región recibió con escepticismo. → Leer más sobre los Acuerdos de Camp David
Carter, Begin y Sadat aparecen juntos, días después de la firma. Uno de ellos pregunta: “¿No podríamos decir ‘paz’ en árabe o en hebreo? Pronunciarla en inglés me da vergüenza.” La ironía de Landrú es perfecta: un acuerdo histórico mediado por una potencia extranjera, en un idioma que no era el de ninguno de los protagonistas reales del conflicto. La paz había llegado — pero con asterisco.
La crisis de los rehenes y la impotencia de Occidente
En noviembre de 1979, un grupo de estudiantes iraníes tomó la embajada de Estados Unidos en Teherán y retuvo a 52 diplomáticos como rehenes durante 444 días. La crisis paralizó al mundo y dejó en evidencia los límites de la diplomacia tradicional.
En Teherán, unos niños juegan en ronda cantando: “Aserrín, aserrán, los rehenes del Irán, libertad no le dan…” La melodía de una canción infantil convertida en crónica de una crisis diplomática. El absurdo como forma de decir lo que el lenguaje político no podía.
La comunidad internacional intentó intervenir. Los resultados fueron predecibles.
Navidad de 1979. Los delegados deliberan semanas sobre qué hacer. La propuesta que surge: “¿Y si sancionamos al ayatolah dejándolo sin postre?” La impotencia de los organismos internacionales frente a un actor que no reconocía ninguna autoridad exterior, capturada en una pregunta que era absurda y completamente real al mismo tiempo.
El presidente Carter intentó negociar, presionar, mediar. Sin éxito. Para 1980, con la guerra entre Irán e Irak ya iniciada y las elecciones presidenciales en el horizonte, su administración navegaba sin brújula.
Carter, sentado en el Despacho Oval, tiene una idea: “¡Se me ocurre una idea fantástica! ¿Y si canjeamos a los rehenes por Reagan?” El chiste condensa todo: la desesperación de un presidente que había perdido el control de la situación y que, pocos meses después, perdería también la elección frente al propio Reagan.
Un mapa que nadie termina de leer
El nuevo escenario desconcertaba a todos. Las alianzas que habían ordenado la región durante décadas ya no servían. Nadie sabía bien quién estaba de qué lado.
Dos personajes militares frente a un mapa del Golfo Pérsico. Uno le pregunta al otro: “¿Podría decirnos quién de nosotros dos es el enemigo?” Era 1980. La pregunta sigue sin respuesta clara cuarenta y cinco años después.
El conflicto que llegó hasta hoy
La Revolución Islámica no fue un episodio pasajero. Fue el inicio de una reconfiguración que todavía define la política de Medio Oriente.
Desde la perspectiva iraní, la historia reciente incluye décadas de intervención externa, sanciones económicas y presión política. Su política regional se presenta como una forma de resistencia frente a esa influencia.
Desde la perspectiva israelí y estadounidense, Irán es un actor que amplía su poder en la región, apoya a grupos armados y desarrolla capacidades nucleares que generan una preocupación concreta sobre su seguridad.
No se trata solo de una disputa militar. Es también una disputa de percepciones, de historia y de legitimidad. Y en ese tipo de conflictos, las soluciones rara vez son simples.
La paloma que sigue volando
En una viñeta publicada en El Mundo, Landrú dibujó una paloma de la paz que no está muerta ni vencida. Está en el aire, esquivando cañonazos, agotada, buscando dónde posarse. Alguien le grita desde abajo: “¡Estúpido! Esa era la paloma de la paz.”
No es un epitafio. Es un estado de situación.
La paloma sigue viva. El conflicto entre Irán, Israel y Estados Unidos ha tenido momentos de diálogo, acuerdos parciales y negociaciones que parecían imposibles hasta que ocurrieron. Nada garantiza que la historia se repita — pero tampoco que no pueda cambiar.