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El día que Landrú me hizo enojar

Por Raúl A. Colombres

21 de enero de 2022

Raúl junto a su padre, Landrú, en el Yacht Club (Mar del Plata, 1957).

Recuerdo gratamente los veraneos familiares en Mar del Plata, entre 1951 y 1970. La playa era el centro de nuestras actividades.

En la playa grande, había varios balnearios elegantes, como el Yacht Club, el Ocean Club o el Golf Club, con varias filas de toldos o carpas para los socios. Tenían instalaciones para vestuarios, restoranes y lugares de lectura. En algunos había piletas de natación. En el bar del Ocean Club eran famosos los licuados de frutilla con naranja y los huevos revueltos con papas pay, servidos en un vaso. 

En la playa, mis padres recibían visitas de muchos amigos, como Chonchón Losada Allende, Fito Gómez Cainzo, Alberto Picasso Cazón, Pastor Obligado, entre otros. Con el tiempo, los visitantes también fueron periodistas. Entre ellos, recuerdo bien a Bernardo Neustadt e Ignacio Ezcurra.

Solíamos ir a la playa a eso de las 11 horas, nos bañábamos en el mar, juntábamos caracoles y nos divertíamos en familia jugando al deck tenis, un deporte practicado por los marineros en los barcos, que se juega con un anillo de goma en una cancha similar a la de volley.

Al mediodía mi padre generalmente le compraba sandwiches a los vendedores ambulantes para toda la familia. Eran espectaculares: de roast beef con tomate, lechuga y mayonesa; pollo trozado o pavita, con aderezos; además, de los clásicos de jamón y queso. También vendían yemitas de huevo, bocaditos de dulce de leche (vaquitas), alfajores y otras golosinas deliciosas. Los sandwiches más conocidos eran “La Princesa” y “El Monarca”.

Mi padre siempre estaba de buen humor, pero una vez -yo tenía unos 6 años- me enojé seriamente con él. Él tenía que pagar varios sandwiches por un total de $ 120 y sacó dos billetes de $ 100. El vendedor le preguntó: “¿No tiene chico?”, refiriéndose al cambio. Y mi padre, mientras rebuscaba en su bolsito playero, respondió “No tengo chico”. Yo percibí como un ninguneo hacia mi persona, sintiéndome profundamente dolido. Me ofendí y no comí mi sandwich.

Un rato después, pasó otro vendedor ambulante y, con el vuelto que le dejó el sandwichero, mi padre me compró una yemita de huevo y una vaquita de dulce de leche. Estas golosinas me encantaban. En ese instante, la ofensa se esfumó, una sonrisa apareció en mi cara y fuimos a buscar caracoles con mi padre.