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La sonrisa de Landrú era un abrazo

Por Javier Maceiras

18 de mayo de 2022

El dibujante Oscar Rivas, nos visitó en la Fundación Landrú y nos contó su experiencia con Landrú en la revista Tía Vicenta
Oscar Rivas, dibujante de Tía Vicenta, en Fundación Landrú

Su tono grave y pausado combina perfectamente con la meticulosa elaboración de cada frase. Escucharlo es como leer un libro bien escrito. ¡Y qué libro! Oscar Rivas, 89 años recién cumplidos, vivió la vida y la cuenta con lujo de detalles. Incluso la época en la que conoció y colaboró con Landrú en la revista Tía Vicenta. 

Tenía 24 años (“los 24 de antes, no los de ahora”, aclara) y le gustaba dibujar. “Me salían muy bien las chicas de Divito, así que lo fui a ver a Rico Tipo, en Diagonal Norte. Un hombre muy bien, muy amable, pero… ¿cómo decirte? Estaba parado en un pedestal, ¿me explico? Le mostré mis dibujos, le gustaron y me dijo: ‘Perfecto: los voy a usar. Vos los dibujás, pero los firmo yo’. 

En esa época era común que los dibujantes de renombre tuvieran ayudantes, por la gran cantidad de ilustraciones que había que publicar semanalmente. Pero yo tuve un rapto de orgullo juvenil y como mi firma no iba a figurar, me negué. Le dí las gracias y me fui con mi carpeta debajo del brazo”, recuerda Oscar.

En la redacción de Tía Vicenta

Fue entonces que un amigo, Mario «Cacho» Paoletti, le aconsejó ir a Tía Vicenta, que en esa época estaba en la calle Lavalle 1454, entre Paraná y Uruguay. “Llegué con toda la timidez que da el fracaso continuo. Entro a la oficina, empiezo a caminar por un pasillo y me cruzo con un señor en mangas de camisa. ‘¿Qué necesita?’, me preguntó. ‘Buenas tardes. Busco a Landrú’, le respondí. ‘Soy yo’, me dijo y me quedé petrificado”. 

“No había secretarias, ni ayudantes. No tuve que pedir una cita. ¡Era el propio Landrú parado delante de mí el que me atendía!”. Oscar suelta una carcajada que tiene algo de nostalgia. “¿A ver? ¿Qué me trae?”, le dijo; y Rivas le entregó unos dibujos del entonces presidente Arturo Frondizi, entre otros. “Los empezó a ver, se rió con algunos y finalmente separó tres o cuatro. ‘Me quedo con estos. Si publico alguno en el próximo número, venga a los 15 días y cobra’. Si no me equivoco, creo que eran 30 pesos por dibujo”. Así comenzó una relación laboral que duró un tiempo.

Dibujo de Oscar Rivas publicado en la página de humor de la revista Tía Vicenta número 90 de 1959
Viñeta firmada por «Oscar» en la página de humor de Tía Vicenta en 1959 

Una nueva oportunidad

De chico, Oscar quería estudiar Bellas Artes, pero el mandato familiar pudo más. “En mi casa se escandalizaron y me dijeron: ‘Los artistas se mueren de hambre. Para lograr un futuro tenés que saber escribir a máquina y emplearte en un Banco’. Fue así que empecé como cadete en una empresa a los 15 años y terminé como Gerente a los 75. ¡Sesenta años de trabajo! 

Cuando me jubilé, había un montón de huecos en mi agenda que tenía que rellenar y empecé a reflotar mis sueños de juventud”, explica. Fue así que se acercó a Fundación Landrú para recuperar algunas copias de sus ilustraciones que habían salido en Tía Vicenta. ¡Y los consiguió! 

“Eso me empujó a dibujar nuevamente y llenar esos huecos de los que te hablé. Después vino la pandemia y… ¿Qué te voy a decir? Me salvó internet”. Hoy Oscar reparte su tiempo entre el dibujo y la escritura (colabora en la página Bar de Fondo Cultural, dedicada a los bares porteños); y tiene un ambicioso proyecto: “Yo nací y me crié en el centro porteño, entre moles de cemento que te dejaban ver apenas un pedacito de cielo. En la esquina de casa estaba el bar Plus Ultra y con un amigo queremos recopilar en un libro hechos y personajes de aquella época, que de lo contrario se perderían en el olvido”.

Landrú según Oscar

Conversar con Oscar es una aventura de final inesperado. Un recuerdo lo lleva a otro y tiene tanto para decir, que él mismo se frena en seco y vuelve al cauce. “Es que me pongo a hablar y no paro. Vos querés saber de Landrú y lo único que tengo son palabras de agradecimiento. Para mí fue como un padre. No sólo me dio la posibilidad de ver publicados mis dibujos, sino que mi nombre estaba en la página central de la revista junto al de grandes como Basurto, Quino, Irañeta, Villarreal… Para mí, que firmaba con mi simple ‘Oscar’, era como tocar el cielo con las manos”.

—¿Se anima a definir a Landrú con una sola palabra?

—¡No! Una no me alcanza. Si tuviera que usar sólo palabras te diría Nobleza, Sencillez… Pero me quedo corto. Landrú era un tipo generoso, que se entregaba. Maravilloso. Correcto. Y era un hombre franco, de hablar mirando a los ojos. Así como me aceptaba un dibujo, me rechazaba otro. Pero todo con una gran humildad. Y ahora que lo pienso, sí… Hay una imagen de él que tengo grabada: su sonrisa. La sonrisa de Landrú era un abrazo.